Música Clásica online - Noticias, eventos, bios, musica & videos en la web.

Música Clásica y ópera de Classissima

Roberto Alagna

jueves 27 de abril de 2017


E così dolce il suon della sua voce...

7 de enero

“Malèna”, gioa mia

E così dolce il suon della sua voce... Siempre es un auténtico lujo escuchar la dulce y bella voz de un tenor. Es un placer que todo el mundo debería disfrutar, guste o no el género lírico, al menos una vez en la vida. Verdaderamente – y reafirmo reiterando mi frase inicial – es un auténtico lujo gozar de la voz cálida y luminosa de ROBERTO ALAGNA en su último trabajo “Malèna”. En éste nos propone un recorrido por el caluroso y temperamental sur de Italia dando un brinco también hasta la interesante, fascinante e inquietante, así como divertida y desenfadada Sicilia, a ritmo de tarantelas y lamentos lejanos, envueltos de fuego y ardorosas pasiones y sones acompañados de mandolinas salpicados del agua de nuestro inmenso y bello mar Mediterráneo. Robertissimo está en la plena madurez de su carrera, y, a estas alturas, el divo francés de origen siciliano puede permitirse hacer y cantar lo que le venga en gana y le apetezca. Por méritos y por trayectoria. Porque él lo vale. Es así de sencillo y entendedor. No es su primera incursión en el género. Hace algunos años ya guiñó el ojo a Sicilia con su “Sicilien”, y ahora, regresa con su “Malèna” y en un momento en el que parece que Alagna aviva de nuevo la plena juventud que ya ha dejado en su camino. El disco nació en un momento personal muy dulce: nueva paternidad a los cincuenta, pero saboreando al mismo instante y por primera vez las mieles de ser abuelo. Ornella, su primera hija, ha sido madre recientemente. Por tanto el cóctel de sentimientos que se mezclan en este trabajo toca lo más profundo del alma de este sensacional intérprete y hacen de “Malèna” un tesoro especial en el haber del tenor. Cocido a fuego lento y cuyo resultado es sencillamente genial. Paso del tiempo Ni el transcurso de los años ha podido con él pues, Roberto Alagna sigue brindándonos para nuestro placer esa voz que enamoraba ya en la primera escucha a principios de los años 90 junto con ese depurado fraseo, gusto innato al cantar y esa sonrisa en la voz que lo hacen único. Oír ahora a Alagna con 53 años continúa siendo un lujo. Y en este repertorio – como en los otros – más. Su voz, mediterránea, encaja en este género como las bien recortadas piezas de un enorme rompecabezas. Toda la luminosidad del sol italiano, toda la sangre, toda la pasión y sentimiento supura  por sus poros y, cuando quien lo recibe, ama como amo yo este género y la voz de este gran tenor, el disfrute lógicamente, se triplica, o más. El reloj pues, ha respetado al tenor pero, esta clase de discos serían impensables sin la colaboración – afortunado tándem, vive Dios- del director YVAN CASSAR, cuya inteligencia y buen gusto contribuyen a que este trabajo sea una joya, no tanto quizás por la dirección sino por la aportación arreglista que ha realizado que se traduce en un resultado refrescante, original e interesante. A destacar el impoluto y justo, a la vez que insultante y descarado para bien del uso – como no podía ser de otra manera- de la vocal neutra en las piezas napolitanas, y, la generosa y espectacular dicción en dialecto siciliano. Alagna se siente cómodo, se nota, y se divierte, y su disfrute, a la par, es nuestro disfrute. Realmente todo un acierto. Bien equilibrado y combinado, con ritmo y sones especiales cuando se requiere, sobre todo en las sicilianas que evocan sonidos volcánicos, fuego, tardes calurosas de verano y de brisas suaves de atardeceres frente al esplendoroso mar azul mediterráneo. Como un soplo de aire fresco Alagna se deja llevar y aconsejar por el talento y fantasía de Cassar, sucumbiendo a su acertada inspiración. Y ello le lleva al triunfo. Robertissimo rejuvenece y hace rejuvenecer esas piezas de siempre, ahora revisadas, que ofrecen una lectura más ligera alejándose a veces de la obra original, como ocurre con la raída y explotadísima “’O sole mio”, casi irreconocible. Sin embargo, lucen acertadas las versiones de un “Torna a Surriento” espectacular perfilado con mucha inteligencia y gusto, con tones sorprendentes que hacen de la pieza una delicia, así como o unas medias voces y susurros en la agradecida “Core’ngrato”. Prescindible quizás “Etna” que no aporta nada al disco más que la evocación en la mente de imágenes volcánicas y de fuego y estallido, simulando el volcán siciliano en plena erupción. Exquisita la siempre bella “I’ te vurria vasà” y una “Marecchiare” con algún tinte diferente de su original que empieza con un efecto de viejo gramófono, como si en lugar de cantar Alagna lo estuviera haciendo Enrico Caruso y en más moderno, otro de los grandes del género, el querido y añorado Mario Lanza, sobre todo cuando Alagna se conciencia y compenetra tanto con el uso de esas neutras que adoro y eses sonoras de las que Lanza, hacía siempre gala acercándose al napolitano. Pero, la joya de la corona, después de ese “Torna a Surriento” que me entusiasmó, es para la pieza que abre el disco, y que precisamente, da nombre al trabajo “Malèna”, un homenaje a su pequeña Malèna que es quien ha rejuvenecido y ha vuelto a entusiasmar a este gran tenor. Uno de los grandes de nuestros tiempos. Uno de los mejores que desfilan por los escenarios internacionales. No hay duda de ello. Alagna acaba esta sentida pieza diciendo “Malèna gioia mia”. No encuentro otro calificativo para resumir mejor este disco. Una pequeña gran joya altamente recomendable.

Scherzo, revista de música

10 de abril

El tenor Roberto Alagna inaugura la V edición del festival Formentor Sunset Classics

El tenor Roberto Alagna será el encargado de inaugurar, el próximo 18 de mayo el Festival Formentor Sunset Classics, en Mallorca.  leer más




E così dolce il suon della sua voce...

19 de diciembre

“La rebotiga” de Marcel Gorgori

“La rebotiga de l´òpera”, algo más o menos que traduciríamos como la trastienda de la ópera. Todo aquel trabajo que sabemos que existe detrás de cualquier representación o concierto, y que sin embargo no vemos. Un esfuerzo que no es en ocasiones suficientemente apreciado, pero sin él, cuando los intérpretes salen al escenario, no se produciría el efecto que deseamos. No se produciría la magia. Magia es lo que se percibe cuando una está sentada en el teatro y sale el tenor de turno y borda un aria que se concatena con un dúo electrizante con la soprano. Luego llega el turno del enfrentamiento con el barítono que acostumbra a ser el malo de la función, y todo ello, para finalizar en un concertante final que pone punto y aparte a un acto, para seguidamente dar inicio al otro. Magia. Y nos quedamos con la boca abierta y admirados ante semejante situación. Todo acorde, todo milimetrado hasta el más último detalle. Pero este efecto requiere disciplina y no es sino fruto de un pesado entreno. Así como el ilusionista pasa horas y horas delante de un espejo anhelando encontrar la perfección para que no se descubra el truco, los intérpretes invierten el tiempo en el estudio y en los arduos horarios de ensayos. Somos conscientes de ese trabajo aunque hasta cierto punto. De los ensayos, ensayos y más ensayos. Pero, desafortunadamente no podemos ser testimonios de esas largas jornadas. Un quehacer que para mí, es de lo más interesante. Poder ver las dudas, las inquietudes, los miedos o las dificultades de los intérpretes a la hora de afrontar una ópera entera, un dúo o un aria. Por lo tanto se agradece cualquier iniciativa que nos permita poner la nariz donde nunca hemos sido invitados. Y, precisamente esto es lo que pudimos saborear ayer por la tarde en el Teatre Kursaal de Manresa dentro de un nuevo espectáculo que, bajo el título comentado al inicio, tiene la pretensión de mostrar todo aquello que escapa del ojo del aficionado. Detrás del telón Esto es lo que se nos propone desde Simfonovauna iniciativa que tiene como objeto crear espectáculos operísticos pero introduciendo salpicones de pedagogía y comunicación. Tras este proyecto de semejante envergadura, como no podía ser de otra forma, está MARCEL GORGORI. Gorgori es una figura lo suficientemente conocida en el mundo de la ópera y su trabajo marcó un antes y un después dentro de esta difícil disciplina. Su forma de abordar temas tan complicados –siempre con tintes didácticos- ayudó a muchos aficionados a empezar a comprender y a ver la ópera desde una perspectiva diferente durante su etapa televisiva. ¿Quién dijo que la ópera es algo difícil? Marcel Gorgori siempre la hizo fácil. Y lo demostró más de una vez, semana tras semana, en el tristemente genial y desaparecido “Nit d´arts”.   Y al cabo de tanto tiempo, continúa con el mismo espíritu e ilusión. “La rebotiga de l´òpera” no deja pues de ser “una cara lavada” del “Nit d´arts”, con muchos más recursos a nivel audiovisual y que además, aúna a la magia y a la emoción del directo de ver a aquel que revolucionó la didáctica en la ópera. Marcel Gorgori, de profesión periodista – aunque sobran las aclaraciones- es un gran comunicador. Entusiasma a la gente con su entusiasmo y emociona al público con sus emociones. Y ayer por la tarde lo hizo de nuevo. Tocó temas varipintos que fueron desde las exigencias de los directores de orquesta para con los intérpretes, pasando por las dificultades de algunos momentos que se pueden encontrar en la mayoría de las óperas. Se detuvo un momento para mostrarnos el por qué el trabajo del director de orquesta es tan esencial para desembocar en un tema que se las trae, como es el ego de los intérpretes. El concierto se alternaba con vídeos en los que se mostraban recortes de los ensayos, momentos de terapia colectiva y alguna que otra sorpresa que resultó ser un regalo inesperado al repertorio que figuraba en el folleto de mano. Pianos, pianísimos, fortes, fiato, coordinación, metrónomo y romanticismo El segundo espectáculo de Simfonova contaba en esta ocasión con tres fantásticos intérpretes. Por orden de rigurosa aparición: el tenor Carles Cosías, la soprano Sara Blanch y el barítono Carles Pachón. Alguien quiere saber qué diferencia hay entre una nota acabada en “forte” o finalizada en un “pianísimo”… bien, pues ayer quedó bien claro cuando Marcel Gorgori y el director al servicio de los cantantes DANIEL ANTOLÍ, exigieron  en los ensayos semejante tarea –tal como vimos en la proyección del vídeo- al tenor CARLES COSÍAS que abrió el concierto con la preciosa y difícil aria de la “Carmen” de Bizet, “La fleur que tu m´avvais jetée”. Cosías es un gran intérprete. Muy musical. Con un fraseo elegante que domina a la perfección y que sabe jugar muy bien con las palabras llegando a cotas de expresión insospechadas, pero no con esta aria. No con la Carmen en la que está completamente alejado de su estilo y sello personales. La voz sonó bonita porque es bonita, y a pesar de que es una sentida declaración de amor, a esa “flor” le faltó un poco de agua. No estaba suficientemente regada. Un francés que hay que mejorar, un amago de afrancesar el son de la erre “a lo Alagna” que no le hace ningún favor –al contrario, le suena artificial- y un discurso para mí poco matizado en el que, un intérprete como Carles, puede dar mucho más de sí. El material está y es bueno, y estoy segura que a medida que la madure sabrá encontrar el sentimiento adecuado para hacer su aria más creíble. Debo destacar no obstante el escalofriante matiz que nos brindó en su “o ma Carmen” final. Aquí salió el Carles que me gusta. El Carles que imprime su sello propio, su sentimiento y su dominio brutal de la palabra. Tres palabras en un aria de tres minutos y poco, pero, fue su mejor aportación en un estilo que no le es para nada afín. Imprimiendo carácter en la voz y acorde con las exigencias de una dificilísima partitura como lo es el aria de la Reina de la Noche de “La flauta mágica” de Mozart, la soprano SARA BLANCH se presentaba con mucha fuerza ante el público que ayer tarde llenaba el teatre Kursaal de Manresa. Sorteadas las agilidades, las notas picadas, las coloraturas de una manera fácil fruto del trabajo en la trastienda, un esfuerzo que no vimos, pero que sabemos que allí está. Sufrió en los ensayos el barítono CARLES PACHÓN a quién tocó atacar una aria de alta dificultad como el “Io morrò, ma lieto in core” del “Don Carlo” verdiano. Una pieza que exige un más que considerable fiato. Encadenar cuatro frases sin respirar con un “tempo” lento es todo un “tour de force”, pero el joven Carles lo hizo. Y lo hizo bien. La voz es bonita y se desenvuelve con seguridad en el escenario pesar de que hace muy poco tiempo que canta. Hasta ese momento habíamos sido testimonio de las dificultades a nivel individual, pero, tal como explicó el propio Marcel Gorgori, la cosa se complica cuando los intérpretes deben afrontar escenas en conjunto, como dúos, tercetos, concertantes… Llegó pues el turno del primer dueto de la tarde-noche en las voces de SARA BLANCH  y CARLES COSÍAS. La pieza en cuestión, el “Verrano a te sull´aure” de la donizettiana “Lucia di Lamermoor”. Evidentemente no cantaron el dúo entero. Una lástima, francamente, porque nos privaron de disfrutar del fraseo de Cosías en el recitado con su “Lucia perdona” y en el siguiente “Sulla tomba…” que, en su voz, estoy segura tiene que sonar extraordinariamente bien. Quizás algún día lo podamos comprobar. Pasar de un Bizet, más verista, a un Donizetti más romántico y flotante en el paso de unos 10 o 15 minutos no debe ser nada fácil para la colocación adecuada de la voz. Al menos esta es la sensación que me dio, aunque la pseudo comodidad en esta pieza nada tenía que ver con la incomodidad de la primera. Y a pesar de ello, la voz continuaba sonando bonita, y el fraseo era mucho más adecuado con una apabullante concentración en el momento. Sara Blanch, cuya voz adolece gratamente de un tono un tanto oscuro, fue una discreta Lucia. Del coro “a bocca chiusa” de la “Madame Butterfly” de Puccini se dio paso a otro momento audiovisual cuyo protagonismo se lo llevó CARLES PACHÓN y el ritmo marcado por el metrónomo, mientras veíamos trabajar al intérprete una de las arias más difíciles para el barítono, la conocida – a la vez que traidora- “Largo al factotum” de “Il barbiere di Siviglia”. Primero, diciendo la letra poco a poco para ir aumentando, según sugerencia de Marcel Gorgori, más y más hasta que irrumpe de verdad en el concierto la orquesta y Carles Pachón hace su entrada triunfal, en una aria ejecutada con nivel, aunque pasando algún que otro apurillo en alguna nota alta que se quedó un tanto corta. Y después llegó, con una ópera bufa como “L´Elisir d´amore” de Donizetti uno de los grandes momentos de la tarde y que nos tenía reservados el tenor CARLES COSÍAS. Allí estaba el Carles que había estado un tanto adormecido en sus dos intervenciones anteriores. Su Nemorino, extraordinario donde los haya, arrancó un estruendo de aplausos. Su bonita voz, sus marcados acentos en cada una de las palabras y el sentimiento puesto en cada frase y en cada nota, le hicieron valedor de su gran triunfo. Los sentimientos a flor de piel, del mismo intérprete, pero también del público. Allí estaba como pez en el agua, y la voz, en esa tesitura, en belleza, no tiene rival. Y repitió también, en estilo y sentimiento en el concertante que cierra el primer acto de esta misma ópera y que reza así “Adina, credimi” – particularmente uno de los momentos para mí más bonitos de esta extraordinaria ópera, que dicho sea de paso, adoro. Al lado de COSÍAS, BLANCH y PACHÓN, en sus respectivos roles de Adina y Belcore amenizaron el final de la primera parte. De las tareas del director, del concertino, del arduo trabajo de actuar y… de los egos Si uno mira detenidamente el programa, se dará cuenta de que está bien escogido, pero no es determinantemente largo. O, a simple vista no lo parece producto quizás del efecto de tener a unos muy buenos intérpretes encima del escenario. MARCEL GORGORI relaja mucho el ambiente con sus instructivas aportaciones. No sé cuál pueda ser la relación entre la “rebotiga” y lo que voy a explicar a continuación. Hay un poco de mezcla quizás en el concepto de “rebotiga” y de que la ópera, cuando está bien interpretada, no puede ser solamente para unos cuantos, pero, en todo caso, haya o no un “leitmotive” entre ellos, agradezco el bache porque nos permitió gozar de una pieza más, de sorpresa, y de añadido a un extraordinario programa. Aunque el vídeo ya lo había escuchado hace un mes, pero no por ello dejó de sorprenderme y emocionarme de nuevo. ¿Que la ópera gusta incluso a aquel que nunca ha pisado un teatro? Es posible. Para comprobar tal cosa, los intérpretes accedieron a un experimento propuesto por el propio MARCEL GORGORI. Sacaron la ópera a la calle, y en una tarde de un día cualquiera, en pleno centro comercial, empezaron a sonar las sensacionales notas de uno de los concertantes más maravillosos que salieron de la pluma de Bellini, su “A te o cara” de “I puritani”. Cuando, en medio de un barullo monumental se escucha una voz tan bonita como la de CARLES COSÍAS entonando el flotante “A te o cara”, incluso a aquel que la ópera o la música no le es algo afín, tiene la inmensa necesidad de pararse y escuchar. No puede ser de otra manera, porque voces así no se escuchan cada día y menos en un centro comercial. El vídeo retrata como los transeúntes cargados con bolsas se detienen ante semejante belleza, y con las bocas abiertas quedan estupefactos ante un re sobreagudo que Cosías ataca sin temblar. Las voces de SARA BLANCH  y de ELISA VÉLEZ, junto a la de CARLES PACHÓN acompañados al piano por el maestro DANIEL ANTOLÍ, acaban de hacer posible el milagro: la ópera no es solo para unos pocos, sino para todos aquellos que con una nota se emocionan. Que no es necesario saber de ópera para que te guste, porque la música, simplemente llega y emociona. Inclusive al más insensible de los mortales. Este es el verdadero poder de la ópera y la voz le sirve de un ideal vehículo. Gracias por este “cameo” no previsto, que nos permitió gozar de una pieza extra. Para denotar la dificultad del trabajo del director de orquesta y el concertino, MARCEL GORGORI nos propuso otro vídeo, en el que quedó demostrado que una orquesta no es buena por la calidad de sus intérpretes – que también- pero la misma, sin un buen director que las conduzca no funcionaría. Nos destacaron también el trabajo del concertino, una figura conocida por su etiqueta pero de la que a veces se ignora cuál es el verdadero significado que se esconde tras la misma. Y de dificultades el mundo de la ópera está llena. Cantar, expresar, llevar al público a cuotas máximas de emoción y placer es muy difícil. Algunos lo logran en exceso, otros lo intentan, y muchos no son capaces de lograrlo. La parte vocal, como es consabido es en todas ellas de unas dificultades endemoniadas, pero, cuando la partitura está rellena de coloraturas, de notas estratosféricamente altas y que exigen de una concentración y afinación bárbaras… si además de todo esto se exige que el cantante además, actúe, se hace doblemente dificultoso. Pero es que si además, a MARCEL GORGORIse le ocurre meter a SARA BLANCHdentro de un baúl para ambientar el tema de la credibilidad, y de ahí ayude a salir a la soprano transformada en la muñeca Olympia, la cosa adquiere otra dimensión. Sara Blanch interpretó y muy bien a la autómata más famosa del mundo de la ópera, una partitura muy difícil, muy aguda y llena de exigencias que obliga a tener y hacer gala de una más que considerable técnica vocal. Y cumplió con creces su cometido. Llegamos en este punto al capítulo de los egos, uno de los más morbosos del mundo de la ópera. Que el divo tal cancela… que la diva cual quiere una marca de agua especial y bajo contrato… que… y no continúo porque todos, en algún momento puntual hemos leído sobre ello. ¿Que los intérpretes tienen ego…? Unos más que otros, supongo. Es algo connatural en los artistas. Esta conversación dio paso al divertido terceto de “La fille du regiment”, el simpaticón “Tous le trois reunis”. De nuevo en francés. De nuevo Donizetti. Y de nuevo las tres voces en el escenario: COSÍAS,  con un mejor francés, más distendido y divertido pero sin dejar de lado la concentración. BLANCH pizpireta y sensacional en la parte escénica y PACHÓN solvente, cerrando un maravilloso momento musical de la tarde. Un auténtico número de “revista” bien coordinado e interpretado. Vino después un momento de reflexión de los cantantes. Psicoterapia colectiva que tuvo como maestro de ceremonias, y nunca mejor dicho, al tenor JAUME ARAGALL. Allí, con todos los protagonistas del concierto sentados, en mangas de camisas e informales, sin saber que las cámaras estaban grabando, dejaron salir momentos divertidos, como las imitaciones de Julio Iglesias y de Joan Manuel Serrat que nos brindó Carles Cosías – realmente un momentazo divertidíssimo- al son de “Che gelida manina” y de “Pirineu tes blanques comes” respectivamente; las dificultades narradas por Elisa Vélez después de ser madre; situaciones más incómodas vividas por el propio Aragall, y relatos de ilusiones frustradas por enfermedades sobrevenidas que truncaron una carrera que estaba despegando y volando a velocidad de cohete hasta los más importantes teatros. Carles Cosías, el protagonista de este relato verdadero lo comentaba con resignación y cabeza fría. Afortunadamente pues, después de varios intentos, la solución llegó a su problema de un día para otro y gracias a ello, hoy podemos continuar gozando de esta – nunca me cansaré de decirlo- bella y extraordinaria voz. Siguió a este momento de recogimiento otro de sus grandes interpretaciones de la noche “È la solita storia” de “L´arlesiana” de Cilea, que CARLES COSÍAS, señores, borda. Cómodo, marcando palabras, sacando todo el sentimiento que hay tras ellas… Su “mi fai tanto male” es sencillamente arrebatador, y todo ello envuelto en la belleza tímbrica de su voz, le hicieron valedor del segundo estallido de aplausos de la noche. Y de “La Arlesiana” al maravilloso dueto de “Los pescadores de perlas”, “Au fond de temple saint”. De nuevo en francés y de nuevo Bizet. En el primero, COSÍAS, no se había sentido tan cómodo; en este segundo, la comodidad era ya más evidente. Junto a él, el joven CARLES PACHÓN hicieron las delicias del público, mientras que una bellísima SARA BLANCH irrumpía, desde la platea hasta el escenario, simbolizando al personaje de Leila, la protagonista de esta ópera que Bizet, ambienta en Ceilán. El concierto oficial, terminaba aquí, pero después de una ronda de aplausos, repitieron el divertido y simpático y pegadizo terceto de “Tous le trois réunis” de “La fille de regiment” de Donizetti con las mismas características que en la interpretación dentro de programa oficial. Las emociones de la ópera Una tarde divertida y de muchas emociones. Algunas de contradictorias. Otras de previsibles. Otras, reveladoras. Tarde de ilusiones, tarde de nostalgias. Una tarde de luz en medio de una oscuridad latente a la que solo eché en falta decirle a Marcel Gorgori, tal como si hacía en mi querido “Nit d´arts” : “Marcel, treu una pissarra…”.

Cantan ellas - El Blog de Maac

11 de diciembre

Les Arts: "I vespri siciliani" 10/12/2016 - Sacad el manual de instrucciones.

Sorprende que Las vísperas sicilianas, dado el lugar que ocupa en la producción verdiana: después de la trilogía popular (Rigoletto, Traviata, Trovatore)  y antes de Simon Boccanegra, Un ballo in maschera y La forza del destino, no sea una ópera de repertorio, esta circunstancia la comparte con Aroldo, pero ésta es un caso distinto en cuanto es una revisión de Stiffelio, ópera anterior a Rigoletto. Se han dado muchas razones de por qué Las vísperas, a pesar de tener una música de gran calidad, alabada por el mismo Berlioz, y de forjar un nuevo ideal dramático que culminará en Don Carlos,  no ha terminado de cuajar y su programación sea una rareza; así, se ha dicho que Verdi la escribe a disgusto, en un idioma extranjero, en un formato, el de la grand opèra, en el que tampoco se siente cómodo a causa de sus exigencias formales y con un libreto que no termina de convencerle, tanto por su desenlace como por la ausencia de vida interior en los personajes, exceptuando el de Monforte. Es, por lo tanto, una buena noticia que un teatro se atreva con ella y funciona muy bien, si no como atracción popular autóctona (había muchos huecos ayer en Les Arts), sí como reclamo para que  muchos aficionados de fuera de Valencia decidan venir a verla, por eso quiero felicitar al Palau de les Arts por haber tomado esta decisión. Pero me hubiera gustado que Les Arts hubiera inaugurado la Temporada 2016-2017 con una producción propia, es una manera de crear expectación y de obtener bastante más publicidad que utilizando una producción conocida que procede de  Bilbao y que levantó revuelo cuando se estrenó en el año 2011 en  Turín dentro de las celebraciones del 150 aniversario de la Unificación italiana. Y es que estas Vísperas son el fruto de una  co-producción de la ABAO-OLBE y el Teatro Regio Turin.  No hubiera estado mal programar unos nuevos Vespri o abrir temporada con la Lucrezia Borgia  de Sagi o el Werther de Grinda, para las que así se estrenará producción, pero no es la primera vez que en Les Arts se abre la temporada con una propuesta que procede de otro teatro, esto ya pasó en tiempos de  Helga Schmidt, además tampoco es un asunto para rasgarse las vestiduras; sin embargo, sí lo es el hecho de que el reparto no estuviera a la altura de las pretensiones del teatro convirtiéndolo, en muchos aspectos, en un teatro de provincias. En el libreto original de Scribe la acción se sitúa, en el Palermo de finales del siglo XIII, y narra las heroicas tentativas de los sicilianos para liberar su isla de la ocupación francesa, culminando tanto en el descubrimiento general de que el gobernador francés de Sicilia es en realidad el padre de uno de los cabecillas del motín, como en una revuelta que provoca una masacre en el bando francés, también en el fondo hay una historia de amor, más o menos contaminado por el deseo de venganza. Davide Livermore, cuando recibió el encargo, se propuso trasladar la acción escénica a la época contemporánea entendiendo, con buen criterio, que el público del siglo XXI, a diferencia del del XIX,  no comprendería el significado político de una ópera ambientada en el siglo XIII. Según el propio Livermore ha expresado en numerosísimas ocasiones, antes de efectuar su propuesta,  hizo un ejercicio de reflexión y se preguntó qué es lo que hoy en día bloquea la democracia italiana y la participación popular de los ciudadanos en la política, llegando a la conclusión de que el mal estaba en el poder de las telecomunicaciones, en el "fascismo mediático" - termino, recuerda Livermore, empleado por Passolini- que, en colaboración con los políticos o bajo sus órdenes, distorsiona la realidad y conduce a la frustración y al desorden social, fomentando así la falta de democracia y de participación popular, que es lo que se quiere denunciar. El primer acto se abre con un funeral de estado pero será  en el segundo, que actúa como un flashback, cuando  el espectador comprobará quién era el fallecido y por qué ha habido un conato de sublevación popular. Este acto comienza con la llegada del rebelde  Procida a su patria y su lamento por el estado en el que se encuentra Sicilia. Para reflejar esta situación el director de escena recurre a la reproducción de una imagen de un acontecimiento histórico, "la strage di Capaci" (la masacre de Capaci),  el asesinato del juez Falcone, su esposa y tres escoltas, en una autopista en las proximidades de Palermo,. La situación se amolda muy bien al texto y con ello Livermore dice haber querido rendir homenaje a aquellos héroes contemporáneos que son capaces de defender sus ideales de justicia exponiendo su propia vida.  El personaje de Procida, tan poco grato a Verdi, dispuesto a sacrificar a las mujeres sicilianas e incluso a la propia Elena para conseguir sus objetivos, aparece como un terrorista para quien el fin justifica los medios, un antisistema de los de verdad, no de los otros. También  en este punto la adaptación dramatúrgica me parece oportuna, puesto que Procida,  ya en el propio libreto, se nos va haciendo cada vez más antipático conforme avanza la acción a causa de su fanatismo y falta de escrúpulos. A Verdi le hubiera gustado suavizar el personaje y pidió ayuda a Scribe, el libretista, pero éste no estaba por la labor, así que Procida se quedó marcado por su carácter cruel y sanguinario. Ahora bien, ¿cómo descifra el espectador que Procida es un terrorista dentro de la dramaturgia de Livermore? Pues no lo sé, la verdad, yo lo sé porque se lo he escuchado decir a él dos o tres veces. Malas son las producciones que tienen que llevar al lado un manual de instrucciones. ¿Y qué hacen las parejas de enamorados entre los retos del atentado de Capaci? A mí me dio la impresión de que como había salido la escenografía con los coches quemados Livermore no sabía resolver la situación -no los iba a retirar a los 5 minutos-  y no se le ocurrió nada mejor que sacar a las parejas bailando entre los escombros, como si de un akelarre se tratara, para después sacar bolsas de basura y desperdigarlas por toda la escena, ¿quizás quiso represenar la profanación de un lugar en el que fallecieron heroes italianos por el pueblo italiano? No lo sé. Hace ya tantos años que ocurrieron aquellos hechos que los espectadores contemporáneos que no somos italianos no tenemos las claves para descifrar lo que ocurre en escena. El final de la ópera es radicalmente distinto al libreto, no hay sublevación y masacre francesas. Los franceses, que en la propuesta del intendente de Les Arts, son sustituidos por ciudadanos sin rostro, pierden sus máscaras convirtiéndose en legítimos representantes del pueblo, mientras aparece una proyección del artículo 1 de la Constitución italiana que hace referencia a que la soberanía reside en el pueblo. Sustituye el original final vengativo y despiadado por un final optimista en el que las aguas vuelven a su cauce, el pueblo consigue tener los mandatarios que merece. A Verdi no le gustaba nada como se resolvía el quinto acto, lo demuestra el hecho de sus quejas porque tanto franceses como sicilianos aparecen malparados, los unos porque figuran como opresores y los otros porque aparecen como conspiradores sin escrúpulos que buscan sus libertad y no les importa el peaje que haya que pagar. El principal obstáculo con el que se enfrentaba este planteamiento dramatúrgico era el distinguir entre dos facciones contrapuestas que en el original se identifican con dos nacionalidades diferentes, los militares franceses, como opresores, y el pueblo siciliano, como oprimido; no fue mala solución dividir al pueblo en dos grupos enfrentados, los continuistas, que son una masa y carecen de personalidad y llevan una máscara, y los rupturistas que sí reivindican su individualidad y su libertad y van a cara descubierta. Pero los aficionados no estamos todos en primera fila y este detalle pasa desapercibido para el 80% del público y el 2% adicional que es portador de anteojos, con lo que, a los que estamos lejos, nos cuesta distinguir quién es quién en cada momento; por otra parte, la visión de la sociedad contemporánea planteada por Livermore resulta excesivamente maniquea, porque ni todo el ejército, ni toda la policía, ni todos los políticos, ni todos los periodistas son tan malvados y manipuladores, por lo menos yo quiero pensar que eso es así; y contrasta con esa visión tan verdiana que buscaba un rasgo de humanidad en toda persona resultando al final que, aunque algunos buenos eran muy buenos, los malvados eran dignos de simpatía o compasión y ahí está el personaje de Monforte en las mismas Vísperas o el de Amneris en Aida y Felipe II en Don Carlo, para comprobarlo y ahí está también el diabólico Iago en Otello o el vil Don Carlo di Vargas en La forza como excepciones que confirman la regla. Es una ópera, Las vísperas sicilianas, que entre sus papeles destacados carece de mezzosoprano, los papeles protagonistas son cantados por una soprano (Elena), un tenor (Arrigo),que encarnan a la pareja de enamorados,  un barítono que es el padre del tenor (Monforte), y un bajo (Procida), un rebelde que es afín políticamente, y teóricamente  amigo, de los enamorados. Tanto el rol de Elena, que requiere una soprano que se conoce como sfogato o assoluta,  es decir, que debe saber tocar todos los palos posibles (desde lo más grave y dramático a lo más ligero y leve), como el de Arrigo, que está siempre moviéndose en la zona de paso y planteando al tenor problemas de cobertura y homogeneidad vocal son de los más difíciles que escribió Verdi para sus respectivas cuerdas, y eso hay que tenerlo en cuenta al hacer cualquier valoración sobre los intérpretes puesto que  para salir airoso hay que ser un fuera de serie. Cuando Livermore estrenó esta producción en Turín, la soprano que estaba prevista para encarnar a Elena, Sondra Radvanovsky, tuvo que ser sustituida, por problemas de salud, por  Maria Agresta y en esta ocasión también ha habido que sustituir a la soprano, Anna Pirozzi, que está embarazada, por la ucraniana Sofía Soloviy (en otras representaciones la sustituirá Maribel Ortega), pero sólo hasta el día de antes del estreno porque ayer se anunciaba que Soloviy era sustituida en la función del estreno por Maribel Ortega. Quiero pensar que Pirozzi, que ha cantado hasta hace bien poco, quiso apurar hasta el último momento, o puede que no se supiera el papel porque lo debutaba en estas funciones, o ni siquiera quiso aprenderlo dado que la ópera prácticamente no es de repertorio, la antelación con la que se anunció, a la vez que en la página web de la soprano, me pareció suficiente y no tengo la información necesaria para opinar al respecto. La última cancelación es la que más me ha irritado, si Soloviy se cae del cartel qué menos que explicar a los aficionados cuál es la razón de ello, no me parece una tomadura de pelo porque no creo que haya sido voluntad de Les Arts, sé que en el ensayo general sí participó la ukraniana, lo que sí me parece es una falta de consideración para con el público, a ver si nos acostumbramos a que los espectadores necesitamos explicaciones de por qué se hacen las cosas, y más en un servicio público como es la ópera en Valencia, pagada con el dinero de los contribuyentes. Ortega, que tiene un hermoso timbre, no estuvo a la altura de las exigencias de Elena, sonidos entubados, falta de proyección en los conjuntos, graves inaudibles, llegando a pasar totalmente desapercibida en algunos momentos de los tres primeros actos, supongo que reservándose para la parte final en la que tiene los dos momentos más exigentes: Arrigo! Ah parli a un core, en el que tuvo que ser muy cuidada por Abbado, con parones eternos para aguantar el fiato y defectuosa realización de esas escalas cromáticas descendentes tan exigentes y Mercé, dilette amiche, que no fue un desastre absoluto porque intentó ser cauta, ni siquiera intentó cantar todo lo que está escrito en la partitura, no quiero hacer leña del árbol caído. Una cosa es cantar, en funciones de pretemporada, Soleá de El gato montés y otra atreverse con uno de los roles más difíciles que escribió Verdi para la voz de soprano. Prácticamente no hay en la actualidad tenores que se atrevan con el papel de Arrigo (tampoco es I vespri una ópera que se programe demasiado, es como la pescadilla que se muerde la cola, no sé si no hay tenores porque no se programa o si no se programa por que no hay tenores). Gregory Kunde lo ha cantado ya en bastantes ocasiones (Turín, Nápoles, Atenas, Viena, París, Bilbao) y es un papel que casi podríamos decir que tiene monopolizado,  y es capaz de cantarlo tanto en italiano como en su original francés. Lo canta con soltura, es ya lobo viejo, tiene tomada la medida del personaje, pero a su recreación le faltó ímpetu, arrojo, valentía, no olvidemos que el personaje de Arrigo tiene veinte años escasos, a pesar de todo, gracias a su fraseo, a la proyección y su suficiencia en la zona aguda, fue el mejor de la noche. El tercer personaje en importancia es el de Monforte, el que en un principio parece ser la persona más maligna de toda Sicilia pero que va sufriendo un proceso de humanización conforme avanza la ópera. Es el personaje que ofrece una psicología más rica, llena de claroscuros, y el más difícil de interpretar en lo dramático, debe ser, por lo tanto, un cantante muy expresivo, con un timbre potente que le permita destacar en los dúos y en los números de conjunto, pero también muy lírico cuando debe mostrarse tierno o conmovido, lo que se llama un típico barítono verdiano. Juan Jesús Rodríguez es un conocido barítono del público valenciano, ha cantado en Rigoletto y el Conte di Luna (Il trovatore), se prodiga mucho en los escenarios españoles, franceses e italianos, ha llegado a cantar en el Met y seguramente volverá para cantar en Cyrano de Bergerac junto a Alagna. Tiene un timbre contundente de auténtico barítono verdiano y cantó con mucha entrega la que para mí es la mejor aria de toda la ópera, In braccio alle dovizie, siendo, junto a Kunde, lo mejor de la noche, si hay que buscarle un defecto diría que se agradecería un mayor matiz en las dinámicas y regulaciones. Procida es un personaje muy contradictorio, en él se ve reflejada la discrepancia entre la visión de Scribe, que lo mostró como persona subversiva, tramadora de intrigas, y la de Verdi que quiso hacer de él un patriota, resulta por lo tanto chocante la falta de correspondencia entre la música que compone Verdi, sobre todo al inicio del segundo acto, "O tu Palermo" y la acción dramática, el resultado es que queda en una especie de indefinición que, como ya hemos visto, se integra muy bien en la dramaturgia propuesta por Livermore, de su interpretación se encargó  Alexánder Vinogradov, conocido en Les Arts por su Banco y su Escamillo, posee un timbre de considerable volumen, bastante atractivo pero no dio lecciones de legato y estilo en su ondulante aria, resuelta de forma rudimentaria sin matices en la línea de canto, pero al público le gustó mucho a juzgar por los aplausos que cosechó. El coro no descansa en esta ópera, se requiere de su presencia a dos por tres y tiene papeletas difíciles de resolver, afortunadamente en Les Arts tenemos el Coro de la Generalitat Valenciana rico en colores gracias a su característica distinción entre las diversas voces. Juzgar la labor de Roberto Abbado en esta producción es difícil, tenía una papeleta complicada y se dedicó a estar más pendiente de los cantantes que a buscar el matiz en una de las obras de Verdi de instumentación más refinada, llevó a la orquesta como elefante por cacharrería y no sacó casi partido de todo el potencial que tiene la formación valenciana que, como siempre, nos regaló hermosos sonidos. No pudo empezar peor la temporada del Palau de les Arts.



E così dolce il suon della sua voce...

15 de octubre

Dolce Vita. Amaro Kaufmann

Parece ser que el otoño se ha instalado ya entre nosotros. Las primeras bajas temperaturas se empeñan ya en enfriar las casas que conservan aún ecos cálidos de un verano que, desgraciadamente hace ya días que tocó a su fin. En estas épocas, pues, mientras escuchas el agua de la lluvia que repica insistente en los cristales de la ventana acabados de limpiar, apetece pues escuchar un disco cuyo telón de fondo tiene como escenario la bella Italia. Un disco de canción italiana y napolitana, repertorio que siempre funciona y conquista por sus preciosas y encantadoras melodías. Pero también porque cuando pensamos en semejante repertorio lo asociamos al verano, al calor, al amor y a la brillante luz del sol que se posa sobre nuestro azul mediterráneo. En definitiva, lo relacionamos con aquella época del año en la que somos más felices, y eso es, cuando estamos de vacaciones y relajados, libres del estrés que nos provoca el día a día. Un disco, el último trabajo de JONAS KAUFMANN, que tiene, aparentemente todos los elementos para ser una pequeña joya a añadir en nuestra colección de música, y que, valga la redundancia, aparentemente, conquista de entrada por repertorio y por el interés que suscita su intérprete. Así mismo, el vídeo promocional de la grabación es alentador, interesante e invita a pensar que Kaufmann puede sacar petróleo del mismo, porque en el breve trocito que nos presentan, la voz suena francamente bien. Pero lo cierto es que, volviendo a la apariencia, todo se queda en una falacia. En una ilusión. En una quimera. Qui dove el mare luccica… Con estas palabras de la canción “Caruso” comienza el disco. Y empieza potente con esta pieza a la que Kaufmann no le hace justicia. Ni a esta ni al resto de las que acaban completando un disco de una hora de duración que se hace, para mí, eterno, aun siendo una gran admiradora y amante de la canción italiana y napolitana. Y de Kaufmann, también. Siempre he dicho que Jonas en italiano me cuesta, y me cuesta mucho. Y aquí rubrica mi pensamiento y opinión. El alemán, con su voz oscura, no consigue encontrar el estilo que requiere este tipo de repertorio. Le falta la luz del sol mediterráneo, le falta dulzura, le falta sentimiento y calidez. Y temperamento latino. Allí donde brilla el mar no luce pues su voz… En alguna pieza se empeña en hacer uso de la media voz, pero nunca se sitúa ni se centra. Por ejemplo en un “Parla più piano” de la película “El padrino” podría haber puesto sobre la mesa toda una paleta de recursos, de estilo, de medias voces, de matiz… pero…hay muchos peros, muchas cosas a pulir y muchas otras a mejorar para rozar, y digo rozar, el estilo que demanda la música italiana. Me da la sensación, pero, que el disco está cocido con fuego rápido en lugar de a fuego lento, con mimo, y con cariño. El repertorio no acaba de estar del todo equilibrado, y quizás las piezas menos conocidas se escapan de la inspirada música italiana que todos tenemos en la cabeza. Es como si hubieran puesto miles de canciones en una caja y, al azar, hubieran extraído, nada más y nada menos que 18, no todas acertadas en mi opinión, y venga… a grabar y a promocionar, que esto dará dinero. Y sí, lo dará, pero ¿a costa de qué?... Eso el tiempo, lo dirá. Y una y otra vez, Kaufmann lo intenta. O procura intentarlo. Pero a cada pieza que pasa, a cada obstáculo que sortea, le salen otros que le van poniendo en un sitio equivocado en el cual el tenor alemán no tiene cabida por mucho que se empeñe. Quizás en las piezas más conocidas y ya escuchadas como un “Non ti scordar di me…” o un “Core ´ngrato”… bueno… la cosa toma otra dimensión. No puedo decir que esté mal cantado, porque no lo está, Kaufmann llega y brilla en sus notas altas, no tanto, curiosamente, en las más graves, pero aún así el binomio Kaufmann-napolitana, no me encaja. Como el agua y el aceite. Una lástima. Decepciona. Mucho. Y más cuando una tiene unas expectativas tan y tan altas. Neutras con cuenta-gotas… Si algo espera una cuando escucha canción napolitana es el uso y abuso, a veces, de la vocal neutra que aquí en “Dolce vita” asoma discretamente. Solo en “Passione” Kaufmann hace reiterada gala de ellas.  Se notan trabajadas y se agradece el detalle, pero en el resto, brillan por su ausencia. Sin embargo sí que debo loar la exquisita dicción en italiano, incluso en las piezas que no conocía, porque es realmente sensacional. Una no pierde palabra con Kaufmann, y lo único reprochable de ello es que no ha corregido ese uso y abuso de la erre que sigue sonando espantosamente fuerte y germánica y que, endurece el discurso en lugar de suavizarlo y ponerlo a tono y a compás de lo que está cantando. Un estilo que requiere de más sutileza y menos rigidez. No está cómodo y esto acaba haciéndose patente. T´amo, sei tu il mio grande amore, la vita del mio cuore, sei solo tu… Y estas palabras no van referidas a Kaufmann. Todas ellas, bellas y sentidas emanan de mi corazón, cada día, a cada instante de mi vida, porque mi gran amor, la vida de mi corazón, está en el cielo. Con él descubrí dos de las canciones que el bávaro interpreta en este disco y que, lo reconozco, me hicieron llorar. Pero no por la interpretación, no por el estilo, no por el matiz, sino por lo que para nosotros significa. ¿Verdad? Desde el cielo, mi abuelo asiente diciendo que sí. Lo siento. Lo veo. Lo noto. “Ti voglio tanto bene” quizás, remembranzas aparte, es para mí la mejor pieza del disco. Sin embargo, quedé bien decepcionada y chascada con su “Parlami d´amore, Mariù”, por los arreglos, por la forma de cantarlo, con un compás a veces que parece de vals, por la manera de marcar la palabra “tutta” y por falta de tacto y calidez. Kaufmann jamás me convecerá haciendo esto. ¿Pero… es Kaufmann de verdad? De la última pieza del disco… “Il libro dell´amore” completamente de más, y porque sabemos que es el quien canta, pero está irreconocible. No Kaufmann, no… esto realmente no es lo tuyo. Un título sugerente “Dolce Vita” que al escucharlo me viene en mente Marcello Mastroiani y Anita Ekberg en su escena del baño en la Fontana de Trevi. Y dices… sí, la cosa puede tener gancho comercial. Y lo tiene. Y lo tendrá, claro que sí porque Kaufmann lo vale, pero, quedará como mera anécdota, espero, en su carrera. Mejor escucharlo en Lied, o en ópera francesa o en cancioncillas alemanas de cabaret. Ahí está su lugar. Y que las italianas, las mediterráneas, se las deje a Alagna, hombre.

E così dolce il suon della sua voce...

12 de junio

El primer Des Grieux de Robertissimo

Cuando Puccini puso el punto final en el pentagrama y transcribió la última nota de “Manon Lescaut” era consciente, y así lo ha asentado el paso inexorable del tiempo,  de que acababa de terminar una obra maestra. Extraordinaria y de una belleza y lirismo sin precedente. La primera de muchas que se irían sucediendo a lo largo de su carrera. Definir en palabras su “Manon Lescaut” es difícil porque la obra está repleta de todo lo imaginable y por imaginar. Pero si tengo que calificar “Manon Lescaut” en una palabra, sin embargo y contrariamente a lo anterior dicho, me es muy fácil: esta palabra es “perfecta”. Así de sencillo. Así de claro. No sobra ni una nota, ni un fragmento, ni una coma. Todo está mesurado con noble inteligencia y talento. Tanto que, aunque no existiera su fascinadora parte vocal, extraordinaria tanto para la voz de la soprano como para la del tenor, la ópera sería igualmente válida y genial. Puccini, predecesor de las bandas sonoras de las películas, absorbiendo al extremo la idea del leitmotive wagneriano, hace de su tercera ópera, su primer gran éxito. El maestro de Luca es único creando sentimientos y recreando ambientes con su adorable música. En ella y por orden de cómo nos la presenta, se adivina la frescura y el perfume de la juventud desenfadada, el cortejo fácil entre los jóvenes de la época, el estallido primero del amor en un cuerpo que aún no lo ha experimentado, la pasión, el temor, las formas sociales contenidas, la decepción, las risas alegres, pero también las burlas, la frivolidad de un ambiente dorado y frío, el deseo, la añoranza, la elegancia, de nuevo la pasión, las confesiones, la rendición de los amantes, el descubrimiento de la mentira, la ambición, el egoísmo, la tensión, la reflexión, el amor que se encuentra en las caricias y en los besos sinceros. Puccini además nos muestra el amor consumándose lentamente, el amor consumado y vuelto a consumar una vez más, el clímax del más absoluto placer carnal símil de un espectáculo de fuegos artificiales culminado con un estallido de cohetes multicolor que se desmayan en el cielo, el oleaje de las olas del mar que chocan contra la piedra del muelle, el desespero, la súplica, el desfile de la vergüenza, el jugarse la vida a una única carta por amor, el triunfo, la unión, la soledad, las rachas de viento del desierto que azotan los cuerpos moribundos, el abrasador beso de la sed encima de los labios, el no saber qué hacer, la vida como golpea a la gente, la confesión final, el amor llevado al extremo de la necesidad, el hielo glacial de la sombra de la muerte, los besos, y finalmente, el ocaso y la extenuación humana que sella la vida corta vida de su protagonista. Es como para quedarse sin aliento ante tanta perfección. Sólo Puccini, mi querido Puccini, es capaz de condensar todo esto en dos horas, y de hacerlo magistralmente. Devoción Sí. Lo confieso. Siento una especial devoción por esta ópera, una obra que siempre que la escucho, y por mucho que lo haya hecho ya a lo largo de toda una vida, jamás me cansa y siempre descubro en la orquesta, en las voces, en cada palabra, en cada acento cosas nuevas, porque Puccini nunca deja de sorprenderme. Devoción por Puccini, como decía por un lado, pero la verdad es que esta “Manon Lescaut” del MET neoyorquino también suscitaba para mí un especialísimo interés: Jonas Kaufmann se había caído del cartel tras otra de sus muchas cancelaciones, y asumía el role de Des Grieux otro de mis favoritos, el tenor francés Roberto Alagna. Si hubiera estado el mes de febrero en Nueva York hubiera agradecido y aplaudido el cambio. Desde el momento en que supe – porque así lo había leído en algún medio de comunicación- que Alagna tenía que hacer este personaje en el Liceu fue suficiente como para estimular – que dicho sea, ya lo estaba- mi curiosidad para escucharle en este nuevo cometido que, tal como decía en la entrevista que le realizó Deborah Voigt, había aprendido en tan solo dos semanas. Bravissimo Alagna, y gracias por hacerlo posible. Otra “Manon Lescaut” moderna Parece ser que a los directores de escena están faltos de ideas y ROBERT EYRE es uno más de ellos. No entiendo este afán por trasladar la obra al año 1941, modificar el vestuario y poner una y más dificultades a los cantantes obligándoles a cantar tirados en el suelo subiendo y bajando escaleras y sobreactuando demasiado. De todos modos, aunque como he dicho en muchas ocasiones no soy partidaria ni defensora de este tipo de montajes. Para mí Manon tiene que ir con su peluca y vestido abultado, aunque en esta ocasión tiene al menos la decencia de que la puesta en escena no molesta con detalles de excesiva connotación sexual gratuita – como se ha apreciado en otras producciones- lo que permite no desorientar al espectador ni distraerlo innecesariamente y deja que se concentre en la música. Quizás el cuarto acto, tan exigente y extenuante a nivel vocal es donde los intérpretes sufren más, sin apenas poder moverse y recostados en unos escalones – que están presentes en toda la producción – y en esta ocasión colocados en forma de “V” que dificultan su propia comodidad y movimiento. El vestuario es bonito y acorde, más o menos, con la época a la que se traspone la acción y permite lucir y dejar ver la extraordinaria y esbelta figura de la soprano letona Kristine Opolais y de un Roberto Alagna, maduro, cuyo ropaje le sienta como anillo al dedo y que aún aguanta y bien los primeros planos que la cámara le brinda. La orquesta del MET bajo la batuta de FABIO LUISI es adecuada y de calidad. Quizás para un director de su talla se esperaba algo más, más pasión, más nervio, más pulso que es lo que requiere esta maravillosa obra de Puccini. Imprimió un buen “Intermezzo” que hubiera preferido escuchar a telón tirado en lugar de que me mostraran a Alagna, y no porque me moleste ver a Alagna no, al contrario, que es un placer para mí, sino porque ese intermedio es tan absolutamente genial y descriptivo que no hace falta ver nada para ver, valga la redundancia- lo que Puccini nos está explicando. “Física” adecuada y suficiente aunque con poca química Desgraciadamente la cosa fue así. Y no se entiende. Dos cantantes relativamente jóvenes y los dos con figuras extraordinarias, que se mueven bien, que cantan bien, y que actúan bien. Dos personajes, Manon y Des Grieux a quien se supone enamorados. Y sin embargo la chispa de los amantes brilla por su exagerada ausencia, y es una lástima, puesto que ambos en sus respectivos papeles son creíbles. KRISTINE OPOLAIS que parece que esté abonada al role de Manon es una creíble Manon. Es guapa, tiene una figura extraordinaria que llena el escenario de belleza y de sensualidad, pero sin embargo su interpretación vocal tiene sus peros. Tiene una voz interesante, pero no sabe que son los pianos ni los ha frecuentado en su vida. Tampoco conoce el canto apasionado, ni el lirismo. Llega a las notas aunque en la zona alta se descentra musicalmente un poco rozando el grito. No me convence. Quizás su semblante ya da la sensación de entrada de frialdad y ésta no consigue superarla en ningún momento a lo largo de la obra, ni en su dos arias “In quelle trine morbide” ni en su “Sola, perduta, abandonatta” en el segundo y cuarto actos, respectivamente. Pero tampoco lo solventa en el apasionado dúo de amor con Alagna en el segundo acto. Esto, añadido a la poca química artística entre ambos, hace de su Manon una interpretación mucho más mejorable, sobre todo a nivel vocal, que encarrila por este camino en el cuarto acto. Tarde ya. Una lástima. Con un buen tipo no es suficiente para Manon Lescaut. Con ROBERTO ALAGNA sin embargo, y a pesar de que pasa más de uno y dos apuros a lo largo de la obra, la cosa cobra otro sentido. Interpreta, intenta que la poca química que hay entre ellos funcione. Lo intenta en el primero, y en el segundo. Insiste también en el tercero y en el cuarto, pero… Pero cuando por una de las partes no hay predisposición poco puede hacer el tenor para que aquello funcione químicamente hablando. “Físicamente” la cosa va viento en popa. Alagna afronta el Des Grieux con 52 años, una edad quizás algo tardía pero en plena madurez y en la que el instrumento del tenor francés, si bien sigue siendo uno de los más bellos de la actualidad, ha perdido un poco su brillo y frescura de antaño. Ello no le impide sin embargo sortear una partitura que a priori viene grande a su voz de tenor lírico. Pero su fraseo, su dicción, su pasión, su gusto innato en el canto y esas ganas que siempre pone cuando sale al escenario – y teniendo en cuenta la premura del estudio de la obra- le hacen merecedor de una gran lluvia de aplausos y una “standing ovation” por una gran parte de la platea neoyorquina. Roberto Alagna luce y pasea aún su gran voz por el escenario y pone toda la carne en el asador. Se la juega a cada nota y a cada compás. Más justo quizás, a mi modo de ver, en el primer y segundo actos. En cambio extraordinario en el tercero y sobretodo en el cuarto. Precisamente en este último es donde le he encontrado más relajado después de un tercero comprometedor y de un “Guardate, pazzo son guardate” bien ejecutado pero al extremo. Alagna es un extraordinario cantante y un actor muy creíble en el escenario. Y su Des Grieux, cuando haya podido madurarlo y estudiarlo con el debido tiempo, nos deleitará más aún. Bravo Robertissimo. No acabó de convencerme en el papel de Lescaut MASSIMO CAVALETTI una voz para nada atractiva y siempre al extremo, en cambio el Geronte de BRINDLEY SHERRATes irreprochable a nivel vocal. Si no fuera por… En conclusión una función que no pasará a la historia por ser una de las mejores Manon Lescaut que haya podido escuchar en mi vida, pero es de un alto grado aceptable, donde la presencia y la voz de Roberto Alagna me invitan, tentadoramente, a repetirla de nuevo.

Música Clásica y ópera de Classissima



[+] Mas noticias (Roberto Alagna)
10 abr
Scherzo, revista ...
7 ene
E così dolce il s...
19 dic
E così dolce il s...
11 dic
Cantan ellas - El...
15 oct
E così dolce il s...
12 jun
E così dolce il s...
8 may
E così dolce il s...
12 abr
Ópera Perú
14 mar
Ópera Perú
22 sep
Ópera Perú
5 ago
Ópera Perú
30 jul
Ópera Perú
22 abr
Ópera Perú
23 dic
Ya nos queda un d...
21 dic
rtve.es - ópera
21 dic
rtve.es - ópera
17 dic
Una butaca en el ...
10 dic
Scherzo, revista ...
6 dic
E così dolce il s...
29 oct
Ópera Perú

Roberto Alagna




Alagna en la web...



Roberto Alagna »

Grandes cantantes de ópera

Luis Mariano Sicilien Angela Gheorghiu E Lucevan Le Stelle

Desde enero del 2009 Classissima ha facilitado el acceso a la música clásica y ha expandido su público.
Classissima ayuda tanto a aficionados como a expertos de la música clásica en su experiencia con la internet.


Grandes directores de orquesta, Grandes intérpretes, Grandes cantantes de ópera
 
Grandes compositores de música clásica
Bach
Beethoven
Brahms
Chaikovski
Debussy
Dvorak
Handel
Mendelsohn
Mozart
Ravel
Schubert
Verdi
Vivaldi
Wagner
[...]


Explorar 10 siglos de la música clásica...